La República comenzó a atraer inmigrantes a los que se les
ofrecían facilidades para su incorporación al país, pero sin garantizarles la
posesión de la tierra, así lo estableció la Ley de Colonización de 1876, que
reflejaba la situación del Estado frente a la tierra pública, entregada
sistemáticamente a los grandes poseedores.
Algunas de las causas de la inmigración fueron: la necesidad de la
Argentina de integrarse al mercado europeo; la situación inversa con respecto a
las necesidades argentinas y europeas, Argentina necesitaba mano de obra, como
consecuencia del proyecto de expansión del sector agropecuario; y Europa
ofrecía mano de obra.
La distribución tuvo una tendencia definida y la corriente
inmigratoria se fijó preferentemente en la zona del litoral y en las grandes
ciudades. Así comenzó a acentuarse la diferencia entre el interior del país y
la zona del litoral, antes contrapuestas por sus recursos económicos y ahora
sumándosele las diferencias demográficas y sociales.
Esta inmigración fue predominantemente de origen latino: español e
italiano. La agrupación de las colectividades insinuaba ya la aparición de
grupos marginales. A medida que se constituía ese impreciso sector de
inmigrantes e hijos de inmigrantes, la clase dirigente criolla comenzó a
considerarse como una aristocracia, a hablar de su estirpe y a acrecentar los
privilegios que la prosperidad le otorgaba sin mucho esfuerzo. Despreció al
humilde inmigrante que venía de los países pobres de Europa, precisamente
cuando se sometía sin vacilaciones a la influencia de los países europeos más
ricos.
Entre las consecuencias que produjo esta inmigración, citamos:
contribuyó a un aumento de la “raza” blanca argentina; contribuyeron al proceso
de la rápida urbanización de la población y aportaron mano de obra para el
desarrollo industrial; los extranjeros, sin proponérselo, produjeron cambios en
el lenguaje y las costumbres de los argentinos; la inmigración ayudó al
crecimiento en gran escala de la población; la propagación del socialismo y el
anarquismo, los inmigrantes llegados con formaciones políticas y la creación de
sindicatos; lo anterior generó una política anti inmigratoria que llevó a
generar leyes como la Ley de Residencia de 1902; la creación de conventillos
que eran grandes mansiones coloniales en ruinas.
El desarrollo edilicio hizo necesario una mano de obra
especializada de obreros de la construcción que surgió de la inmigración
europea retenida en Buenos Aires. Albergada en conventillos, con sueldos
bajísimos, se convirtieron en renta segura para los propietarios explotando
así, al máximo, al obrero inmigrante y al criollo marginado.



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